Por qué CachyOS (Linux) y no Windows
Una decisión técnica que es también una postura política sobre infraestructura y dependencia
La pregunta parece técnica: ¿qué sistema operativo usas? La respuesta también suena técnica: uso CachyOS, una distribución de Linux basada en Arch. Pero hay decisiones que se disfrazan de preferencias de usuario cuando en realidad son posturas frente al poder. Esta es una de esas.
No hubo un momento dramático. No hubo una pantalla azul que lo cambiara todo, ni una revelación un martes por la tarde. Hubo dos acumulados que eventualmente se volvieron insostenibles — uno político y uno práctico — y cuando los dos convergieron, Windows dejó de ser una opción.
El hartazgo práctico
Empecemos por lo más visible: Windows es un sistema que consume tus recursos para funcionar mal. No es una exageración. Después de años usándolo, lo que más recuerdo es el espacio que me quitaba sin pedirlo: actualizaciones que ocupaban gigas sin avisarme, archivos temporales que se acumulaban como sedimento, carpetas de archivos intocables porque el sistema “las necesitaba”. Mi disco nunca estaba realmente disponible para mí. Era mío en teoría; en la práctica, Windows tenía derecho de reserva sobre una porción considerable.
A eso súmale el consumo de RAM en reposo que es un pésimo chiste frente a cualquier sistema operativo decente, los procesos en segundo plano que nadie pidió, los bugs que aparecen con cada actualización, y la inestabilidad crónica que hace que “¿reiniciaste el compu?” sea la respuesta universal a casi cualquier problema. Windows te entrena para tener expectativas bajas sobre lo que tu propio hardware puede hacer.
El hartazgo político
Sin embargo, debajo del problema práctico había una pregunta más lenta, más incómoda: ¿por qué le estaba regalando mis recursos, mi tiempo y mis datos a una corporación que nunca me preguntó si quería participar de ese trato?
Microsoft no es una empresa entre otras. Es un actor casi monopólico en el mercado de sistemas operativos de escritorio — con una cuota de mercado que supera el 70% a nivel global, y considerablemente más alta en instituciones públicas y hogares de América Latina. Ese monopolio no se sostiene solo por la calidad del producto. Windows no es bueno, es omnipresente, que es distinto. Se sostiene por décadas de acuerdos institucionales, prácticas de lock-in y la inercia que produce tener a todo el mundo usando lo mismo.
Cuando instalas Windows, aceptas términos de servicio que autorizan, entre otras cosas, que Microsoft recopile telemetría, diagnósticos y patrones de uso de tu máquina. No es un secreto: está en el contrato que nadie lee. Pero el hecho de que sea público no lo hace neutral. Significa que tu computadora, con tu hardware, corriendo en tu casa o en tu oficina, reporta información a una corporación con sede en Redmond, Washington, que la usa para sus propios propósitos. Eso no es un detalle técnico. Es un asunto de poder.
El camino a Linux
Llegué a CachyOS con historia. No de un salto.
La primera ola fue entre 2017 y 2018: Ubuntu 16 y 18, Linux Mint, Deepin. Era exploración más que convicción. Me gustaba la idea de Linux, entendía los argumentos, pero todavía vivía con un pie en Windows. Ubuntu me enseñó que era posible vivir en Linux; Mint me enseñó que podía ser cómodo; Deepin me mostró que podía ser hermoso. Pero en esa época volví.
La segunda ola fue diferente. Probé Fedora con KDE Plasma y me enamoré del entorno de escritorio — la fluidez, la personalización, la coherencia visual. Volví a Mint por familiaridad. Y finalmente llegué a CachyOS, que es donde estoy ahora y donde no tengo apuro de moverme.
La elección de CachyOS sobre otras distros no fue arbitraria. Es una distribución basada en Arch, lo que significa acceso al AUR — el repositorio de usuarios de Arch, un universo de software disponible — y una filosofía rolling release: no hay versiones que “expiran” ni upgrades traumáticos, el sistema se actualiza de forma continua y controlada. Pero lo que terminó de convencerme fue algo más específico: juego videojuegos, y CachyOS está optimizado para exactamente eso. Sus kernels modificados están diseñados para maximizar el rendimiento en tiempo real, que es precisamente lo que necesitas cuando juegas, renderizas o ejecutas cualquier tarea que exija tu hardware al límite. Y además: es un proyecto independiente, sostenido por una comunidad, que no recopila tu información de forma agresiva. No hay una corporación detrás extrayendo valor de tu uso.
El argumento que va más allá de mi máquina
Pero quiero ir al argumento más amplio, porque la decisión individual solo cobra sentido completo en un contexto más grande.
América Latina tiene un problema estructural con la soberanía tecnológica. La mayoría de los Estados de la región — sus instituciones públicas, sus sistemas educativos, sus empresas — operan sobre infraestructura que no controlan, que no pueden modificar, y por la que pagan licencias en dólares a corporaciones del Norte global. Colombia no es la excepción: entidades del Estado colombiano corren en Windows, usan Microsoft 365, almacenan en servidores de Azure o Google. Eso significa que la infraestructura con la que el Estado piensa, decide y opera depende de condiciones que fija una corporación extranjera.
No estoy diciendo que usar Linux resuelve ese problema estructural. Sería ingenuo. Pero sí estoy diciendo que el problema existe, que tiene consecuencias reales — en presupuesto público, en dependencia, en la capacidad de los Estados de controlar su propia infraestructura digital — y que el software libre es la alternativa que ya existe, que ya funciona, y que no adoptamos masivamente por inercia y por los efectos de ese mismo monopolio que critico.
La soberanía tecnológica no es un tema de nerds. Es la pregunta de quién controla la infraestructura con la que trabajamos, nos comunicamos, aprendemos y ejercemos derechos. Cuando una institución pública no puede acceder a sus propios archivos sin renovar una licencia de Microsoft, eso es dependencia. Cuando un estudiante no puede estudiar desde casa porque el software que exige su universidad solo corre en Windows, eso también es dependencia. Y la dependencia, en cualquier escala, es una cuestión de poder.
El software libre — Linux, LibreOffice, Firefox y cientos de proyectos más — no es perfecto. Tiene curvas de aprendizaje, elementos que pueden ser poco accesibles, limitaciones reales. Pero es auditable, modificable, comunitario, y no te convierte en un punto de extracción de datos para una corporación. Esa es una diferencia fundamental.
Una decisión cotidiana
Cada mañana que arranco mi PC con CachyOS estoy tomando una decisión que es técnica y política al mismo tiempo. Técnica porque el sistema es más estable, más rápido, más respetuoso con mi hardware y más seguro que su alternativa dominante — sin ejecutables .exe circulando, el vector de ataque más común del phishing y el malware sencillamente no existe en mi entorno. Política porque elegí software que una comunidad construye y mantiene, sobre software que una corporación te vende mientras recopila todo lo que puede sobre ti.
No es una decisión heroica. Cambiar de sistema operativo no es el acto más revolucionario. Pero sí es un comienzo y las decisiones cotidianas sobre qué tecnología usamos, a quién le cedemos nuestros datos y de quién dependemos para hacer nuestro trabajo no son neutrales. Son posturas. Y vale la pena tomarlas con conciencia.
La pantalla también es territorio. Y hay que preguntarse quién lo administra.